Historias de una niña que aprendió a hablar con el viento

Historias de una niña que aprendió a hablar con el viento

Yo era una niña cuando la guerra civil se llevó la normalidad de nuestra casa. No recuerdo el momento exacto en que entendí que aquello no era un juego, pero sí recuerdo el cambio en las miradas, anunciado por conversaciones a media voz, noches sin luz y el sonido seco de las botas atravesando la calle. Mi madre empezó a coser más de lo que dormía, y mi padre dejó de tararear la canción «Ay Carmela» mientras arreglaba los muebles en nuestro pequeño taller.

El hambre llegó, cuando ya nadie esperaba que las cosas volvieran a ser como antes. No entró de golpe, se fue instalando despacio, casi con cuidado, como si quisiera pasar desapercibida. Primero fueron las porciones más pequeñas, luego los platos repetidos, y por último el vacío que se quedaba incluso después de comer. Nadie se sorprendió. Era como si la resignación ya hubiera preparado el terreno, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que aquello no era una racha, sino el principio de algo que sería más largo.

No quedó otra que cruzar a Francia, y lo hicimos apenas con lo necesario, arrastrando un cansancio que se pegaba de unos a otros, como si pudiera pasarse de cuerpo en cuerpo. Yo caminaba junto a mi madre, aferrada a su mano, contando cada paso para no pensar en el dolor de la distancia que nos separaba de todo lo que conocíamos. En mi viaje descubrí que la espera podía tomar muchas formas y todas dolían de manera distinta. Se esperaba de pie y se esperaba sentada en el suelo, se esperaba con los ojos cerrados y se esperaba mirando al vacío. Se esperaba comida, sí, pero también noticias que nunca llegaban. Se esperaba un final de algo que nadie se atrevía a mencionar.

Allí conocí a mi primera amiga. Tenía la mirada perdida antes de tiempo y hablaba poco, como si las palabras se le hubieran quedado atrás en la huida. Su hermano no llegó con ella, el camino se lo arrebató entre el ruido y el miedo. Cayó en medio del desorden, y nadie supo como decirle en qué punto exacto dejó de caminar a su lado. A veces pronunciaba su nombre en voz baja, como si al decirlo pudiera sostener lo que ya no estaba.

Nos sentábamos juntas en el suelo, apartadas del mundo, y con un palo dibujábamos casas en el barro. Siempre dibujábamos casas con puertas cerradas y ventanas intactas, como si quisieran resistirse al abandono que nos rodeaba. Les añadíamos chimeneas de las que se elevaba un humo espeso y lento, como si dentro hubiera una sopa caliente esperando, como si cada bocanada pudiera calentar la piel que el frío había endurecido. Trazar aquel humo se volvió nuestro gesto más serio, casi solemne, un pequeño rito de esperanza.

Como si inventar calor pudiera hacerlo real, como si imaginar un hogar bastara para que, aunque fuera por un instante, dejáramos de sentirnos tan perdidas.

Francia no fue un refugio, solo una pausa inocua, un lugar donde el tiempo parecía suspendido sin promesa de continuidad. Cuando empezó la segunda guerra mundial, el miedo cambió de idioma, pero no de forma. Seguía teniendo el mismo peso en el pecho y la misma manera de helar la sangre. Las sirenas, los rumores, las miradas tensas eran demasiado familiares. Entonces decidimos volver a España.

Regresamos con la sensación de volver a un lugar que nos había dado la espalda y que ahora apenas nos reconocía. Las calles eran las mismas, pero parecían más estrechas, como si el país se hubiera encogido sobre sí mismo. Todo estaba cubierto de un gris persistente, los edificios, la ropa, los rostros. La dictadura no necesitaba levantar la voz, bastaba con su presencia transparente, con su manera de ocuparlo todo sin hacerse ver. Se respiraba en los silencios, en las puertas que se cerraban antes de tiempo, en las palabras que se quedaban a medio camino.

El hambre ya no sorprendía a nadie. Formaba parte del paisaje cotidiano, como las cartillas de racionamiento gastadas por el uso, o las colas interminables frente a las tiendas, donde la gente aguardaba sin quejarse con la mirada fija en el suelo. No era solo la falta de comida lo que pesaba, sino la escasez, que se había convertido en una forma de vida impuesta.

Una mañana se llevaron a un familiar. No hubo golpes ni gritos, tampoco explicaciones. Vinieron temprano, cuando el día aún no se había desperezado del todo, y se lo llevaron con una calma que resultaba más aterradora que cualquier forma de violencia. La puerta se cerró detrás de ellos y el sonido quedó suspendido en la casa durante años. Desde entonces, la casa se llenó de su ausencia. No solo faltaba su cuerpo, faltaban sus gestos, su voz, el lugar exacto que ocupaba en la mesa. Cada objeto parecía recordar lo que ya no estaba, y aprendimos a movernos entre esos huecos sin nombrarlos. El miedo se instaló en las paredes de forma discreta.

Las visitas a la cárcel se convirtieron en rituales silenciosos. Caminábamos largos trayectos sin hablar, como si las palabras pudieran delatarnos. En la sala de visitas, el aire era espeso y las miradas estaban cargadas de cosas que no podían decirse. Yo observaba los rostros tras los barrotes, intentando memorizar cada rasgo, cada arruga nueva. A veces, al salir, sentía que no habíamos ido a ver a alguien, sino a despedirnos un poco más. Y casi siempre regresábamos con más peso en el pecho del que llevábamos al entrar.

Aprendí pronto a escuchar sin repetir, a mirar sin señalar, a callar incluso cuando no entendía por qué.

Crecí así, entre silencios largos y gestos mínimos. Trabajé desde joven, con las manos siempre ocupadas, como si mantenerlas en movimiento evitara que la memoria regresara con demasiada fuerza. Nadie me enseñó a escribir cuando era niña. Las letras llegaron tarde, cuando ya había vivido más de lo que sabía nombrar.

Aprender a escribir fue como abrir una puerta que había permanecido cerrada demasiado tiempo. Cada palabra era un esfuerzo, pero también una conquista. Entonces comprendí algo que no había sabido explicar antes: todo aquello que había guardado, necesitaba un lugar donde descansar.

Por eso escribo ahora. Porque esta historia no es solo un recuerdo, es mi manera de ordenar el pasado. Yo soy esa niña que cruzó fronteras, que volvió a un país en sombras, que creció sin voz propia. Escribo para darle forma a lo vivido, y para demostrarme que, incluso después de tanto silencio, todavía es posible volver a contarlo.


La memoria no es solo un archivo de hechos, sino un espacio donde habita lo que dolió, lo que se quebró y lo que se resistió a desaparecer. Es un territorio silencioso, hecho de ausencias y de ecos, donde los recuerdos se mezclan con las emociones que los habitan. Crecer entre la guerra, la escasez y el miedo enseña a escuchar los silencios y a encontrar calor en gestos mínimos, en manos entrelazadas, en palabras que no se dijeron y en pequeñas rutinas que protegían lo que aún quedaba.

Saber escribir es descubrir que las palabras podían ser un refugio, un puente que une lo que se perdió con lo que todavía puede nombrarse. Es comprender que la memoria, para existir plenamente, necesita un cuerpo, un ritmo, una forma que permita sostenerla y entenderla. Contar una historia no es solo recordar, es darle presencia al pasado, transformar la fragilidad en resistencia y reconocer cada trozo de memoria. Incluso tras la sombra más larga, la voz puede reaparecer, abrir caminos, tocar a otros y devolver sentido a lo que parecía irreparable.

Escribir es, entonces, un acto de cuidado y de valentía: un modo de sostener aquello que no podemos olvidar, de nombrar lo innombrable y de ofrecer a quienes vienen detrás la posibilidad de encontrar fuerza en lo que fue y sigue siendo.

Por Tere, por compartir su historia, por abrirnos la puerta a su memoria y permitir que su experiencia se convierta en ejemplo de vida para otras personas. Gracias por su valor, su generosidad y por mostrarnos que incluso el dolor puede transformarse en enseñanza y en fuerza para quienes la quieran escuchar.

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