Hoy vuelvo a casa tarde, otra vez. Como si “otra vez” fuera ya el único tiempo posible. La llave se detiene frente a la cerradura, un trozo de metal frío que, más que abrir una puerta, parece confirmar que aún sigo aquí. Durante un segundo sostengo la muñeca inmóvil, con la absurda esperanza de que no girarla detenga algo más que el mecanismo. Pero el cuerpo no entiende de rebeldías. La llave gira. El chasquido suena doméstico, pero en mis oídos cae como una sentencia que nadie ha dictado y, sin embargo, ya es irrevocable.
Al entrar, la casa no me recibe, me tolera. Todo permanece exactamente como lo dejé, como si yo fuera el error de cálculo que no merece ser registrado. Los cojines guardan su ángulo preciso, el aire conserva una nostalgia estancada, y el silencio, ese silencio, sigue intacto, entero, como si mi ausencia y mi regreso fueran fenómenos completamente irrelevantes.
Hay algo en esa indiferencia que me devuelve la mirada, como unos ojos vacíos, no esperan, no reclaman, no reflejan absolutamente nada.
Camino por el pasillo y tengo la sensación de no avanzar, es como deslizarme dentro de un molde que alguien, quizá yo mismo hace años dejé preparado. No soy quien vuelve, soy quien repite la llegada. El eco de un hombre que ya vivió este día y dejó su hueco listo para que mi yo del futuro lo encaje sin rozar las esquinas. Antes pensaba que la rutina era una estructura, una forma estable de sustento. Ahora sé que son los barrotes de una jaula que yo mismo pulo cada mañana con un esmero masoquista. No duele, no aprieta, pero tampoco deja espacio para poder respirar.
— ¿Qué tal estás?
La pregunta se repite cada mañana con la exactitud de un reflejo.
— Bien.
Ese “bien” sin contenido, sin dirección, sin aliento. Una palabra que no responde nada, pero lo mantiene todo en su sitio.
A veces imagino el impacto de soltar la verdad, decir que tengo el alma llena de arena, que no siento nada por el café que nos tomamos y que hay una llanura infinita entre nuestros espacios. Visualizo el silencio posterior, ese momento en que alguien tendría que mirarme a los ojos y ver lo que hay, o lo que no hay, y no sabría dónde colocar ese momento. Así que no digo nada. Me trago esa realidad para evitar que algo se rompa de verdad.
Me siento en el sofá y dejo que el tiempo ocurra sin mí. No es descanso, el descanso implica que algo se repara. Esto es otra cosa: una suspensión, una espera sin objeto. Es como estar bajo el agua sin luchar por salir, confiando en que el cuerpo, en algún momento, deje de recordar que necesita oxígeno. Miro los muebles, la lámpara, la mesa… cosas que funcionan sin preguntarse por qué. Y me pregunto si eso es suficiente.
El día termina. Otro más que no deja huella.
Entonces lo entiendo con una claridad que no consuela. El problema nunca fue el dolor. El dolor te da algo a lo que agarrarte. Se puede señalar, nombrar y también expulsar. Esto no. Esto es un desgaste silencioso, una erosión que no hace ruido, que no avisa, que no pide permiso. Es la realidad adelgazándose hasta volverse translúcida, y uno mismo arrastrado desapareciendo con ella. Es seguir entero por fuera mientras por dentro no queda nada que sostener.
Sigo cumpliendo horarios, pagando facturas, riendo cuando toca. Soy una pieza más en un mecanismo perfecto que no necesita cuestión ni sentir para seguir adelante.
Recuerdo cuando tenía sueños. No eran grandes, pero si suficientes. Había una pequeña esperanza que me empujaba hacia adelante. Ahora esa chispa se ahoga en la apatía, como si el aire mismo pesara demasiado para poder respirarlo. No quiero rendirme, pero una pregunta aparece de forma insistente, reflejada en cada esquina, casi sin quererlo: ¿Para qué?
Mañana me volveré a levantarme. El agua de la ducha caerá sobre mí. Volveré a ocupar mi lugar exacto, sin desbordar, sin faltar. No hay un origen claro, no hay un momento al que regresar. Solo una acumulación de días iguales, cayendo uno sobre otro, hasta borrar cualquier relieve.
Y sigo aquí sentado, en una vida que reconozco pero que no siento mía. Habitándola como se habita una casa prestada, cuidando de no mover nada. Solo la inercia y el sonido de una llave que mañana, a la misma hora, volverá a girar.
Al final, todo parece reducirse a un mismo gesto repetido. Aparecer sin realmente estar, vivir sin habitar del todo, seguir sin saber hacia dónde. Como la llave que encaja siempre en la misma cerradura, también la existencia se acomoda en un mecanismo que ya no pregunta, solo responde.
Y en ese vaivén silencioso entre la puerta que se abre y el cuerpo que entra, uno empieza a confundirse con la rutina que lo sostiene. Si la casa no espera, el alma tampoco reclama. Si el día no deja huella, tampoco se aprende a pisar con fuerza.
Porque cuando todo parece igual, la única diferencia posible no está afuera, sino en la forma en que se decide seguir entrando.
