Cuando el cielo se vuelve gris

Cuando el cielo se vuelve gris

Escondida en el fondo de aquella cueva que llamaban refugio como quien sucumbe de una pesadilla que nunca pidió soñar. Había sido guiada por un impulso que no sabía si venía del corazón o del fuerte estruendo que acababa de sacudir la tierra que pisaba. No recordaba en qué momento había dejado de llorar ni cuándo el miedo se había convertido en una sombra tan habitual que ya casi no la distinguía.

Afuera aún era de día, pero el sol quedaba oculto por la oscuridad de aquello que caía del cielo. Un silencio tenso lo envolvía todo, como si el mismo aire contuviera la respiración. Entonces, un gemido metálico cortó el momento. La puerta del búnker cedió, y una línea de luz pálida se derramó sobre el suelo de cemento. La niña salió con cautela. En la mano apretaba un peluche medio roto, con el hilo del botón del ojo suelto y una costura abierta en el vientre. Un contraste frágil y tierno en medio de aquella devastación que lo cubría todo.

El aire exterior era áspero, como si mordiera la piel, cargado de un olor a ruinas y a días que nunca debieron existir.

Respiró con dificultad, no por el polvo, sino por la extrañeza de volver a ver el cielo, herido de gravedad por haber sobrevivido un día más. Las calles estaban vacías, un vacío tan profundo que parecía tener un infinito peso. Cada edificio derrumbado contaba una historia que nadie quería escuchar. Las paredes abiertas dejaban ver fragmentos de vidas que habían sido interrumpidas, como páginas arrancadas de un libro: una fotografía atrapada en el marco de una ventana rota, un zapato sin dueño en mitad de la calle, una bicicleta aplastada bajo un bloque de hormigón.

Avanzó despacio. El silencio era tan grande que cualquier movimiento se sentía como una señal de falsa libertad. De vez en cuando el viento se llevaba un puñado de polvo y ese sonido, el cual apenas era un susurro, era suficiente para que ella apretara su peluche con más fuerza, como si ese gesto pudiera proteger lo poco que le quedaba.

Lo que antes había sido una ciudad ahora parecía un paisaje de recuerdos rotos. Y sin embargo, caminaba con firmeza, como si cada paso fuera una manera de resistirse a ser olvidada.

A lo lejos vio lo que antes había sido su casa. Se acercó sin prisa, como si temiera que un acercamiento brusco pudiera deshacerla un poco más. Se detuvo frente a la pared que todavía estaba en pie. Pasó la mano por el ladrillo áspero y sintió como los recuerdos de su vida se vaciaban por completo. Entonces el peluche se deslizó de sus manos y cayó al suelo, como si también estuviera cansado de sostener tanto dolor. Lo miró, y en esa mirada había algo que no se veía en los ojos de las personas adultas: una mezcla de inocencia rota y esperanza obstinada. No lloró. Quizá porque la guerra le había enseñado a guardar las lágrimas para cuando realmente hicieran falta, o quizá porque entendía, de una forma inexplicable para su edad, que llorar simplemente no reconstruiría nada.

Se sentó entre los restos de su casa y abrazó su peluche, como si con ese gesto pudiera volver a unir el mundo. Y mientras contemplaba el horizonte de ruinas, algo en su interior se encendió. No era rabia, ni tristeza. No alcanzaba a entender porque le habían arrebatado tanto de una forma tan efímera.

Al final, se puso de pie y empezó a caminar. Miró a su alrededor con un brillo tímido en los ojos, como si buscara un lugar donde pudiera comenzar algo nuevo. Mientras se alejaba, su figura diminuta entre los escombros irradiaba resiliencia, como si nos recordara a todas las personas que observamos desde la distancia un mensaje muy sencillo:

Toda guerra se erige sobre la infancia de alguien, y que cada vida pequeña que atraviesa las ruinas, es un recordatorio vivo de que la humanidad aún no ha aprendido a quererse de verdad.
Porque, al final, en cualquier conflicto, para las personas no reclaman banderas ni victorias.
Solo se busca crecer. Solo se pide un poco de paz.


¿Y si todo se resumiera a algo tan simple, y tan devastador, como algo que cae del cielo y arrasa con todo a su paso?
¿Y si la capacidad humana alcanzara límites tan oscuros que nos arrastraran a ver, y a hacer, cosas que jamás habríamos querido imaginar?

Porque no solo se arruinan ciudades ni se levantan los escombros. La fractura de la conciencia, obliga a la humanidad a mirarse en un espejo deformado, a reconocerse capaz de lo impensable. Esto deja una herida que no se cierra en los mapas ni en los libros de historia, sino en la memoria de quienes lo vivieron.

Por todas las personas que lo han sufrido, lo están sufriendo y los que lo sufrirán. Por quienes nacieron bajo un cielo equivocado. Ya lo decía Ismael Serrano cuando yo era apenas un niño que tuvo la fortuna de nacer en un lugar del mundo donde la ruleta del tambor de la pistola no tenía la bala cargada: «Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam».

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