Recorriendo una historia compartida

Recorriendo una historia compartida

Antes de compartir esta comida, y a riesgo de que me comáis a mí, me gustaría robaros unos instantes. Quería hacer un breve paréntesis. Una pausa consciente para una reflexión honesta, casi íntima. Quizá, para alguna persona, incluso intensa.

Sé bien que vuestras vidas avanzan llenas de compromisos, de agendas que no dan respiro y de responsabilidades que rara vez conceden tregua. Sé también que, en estos tiempos, el verdadero lujo no es el espacio ni los recursos, sino el tiempo. Ese bien escaso que queremos disfrutar en cada segundo.

Por eso, quiero tomar un momento para detenerme. Hoy deseo reflexionar sobre lo que significa, al menos para mí y espero que para más personas, compartir un día en la oficina

Podríamos haber elegido la comodidad. Quedarnos en casa es práctico: ahorra desplazamientos, optimiza agendas y una pantalla puede imitar muchas cosas. Pero hay algo esencial, profundamente humano, que ninguna videollamada consigue reproducir.

Es esa chispa que solo aparece cuando coincidimos.

Cuando la risa nace sincera y se contagia sin pedir permiso.
Cuando una conversación improvisada en el comedor libera una idea que llevaba días llamando desde el silencio.
Cuando la energía de un abrazo por la espalda, el entusiasmo de un paseo a la manzana o la inspiración de una charla de coche se transmiten de unas personas a otras casi sin que seamos conscientes de ello.

Puede parecer algo menor, incluso fuera de contexto, pero es precisamente ese contacto, esa cercanía cotidiana, lo que a menudo actúa como el motor silencioso capaz de transformar un día gris en uno claro.

Si lo pienso con calma, la cantidad de anécdotas que hemos acumulado juntos es inabarcable. Y aunque muchas parezcan ya parte del pasado, todas comparten un mismo hilo invisible: no pertenecen a nadie en particular, y a la vez son la construcción de algo que es genuinamente nuestro.

Hemos vivido días de intensidad frenética que casi nos dejaban sin aliento, y también momentos de risas tan profundas que dolían en el estómago. Hemos compartido silencios de concentración, aprendizajes espontáneos y pequeñas victorias que solo nosotros y nosotras sabemos valorar.

Porque quienes me conocen saben que no me gusta perder ni siquiera a las tabas.

Os invito a mirar a vuestro alrededor. Esas historias, esas miradas cómplices que se cruzan, esos instantes que parecen pequeños o insignificantes, con el tiempo se revelan como algunos de los que pueden marcar una vida.

En fin, es fácil idealizar el pasado. Recordar épocas en las que estábamos siempre juntos y todo parecía fluir de manera natural. Y quizá pensemos que recuperar esa naturalidad es difícil, o que pertenece a un tiempo que ya quedó atrás. Pero hoy, al vernos aquí reunidos, estamos demostrando que no tiene por qué ser así. Hagamos de esta comida una oportunidad para reconectarnos.

Durante este 2025 nos han pasado muchas cosas. Y, por supuesto, no quiero que nos olvidemos de quienes no están, porque su huella sigue viva en lo que somos y en todo lo que hemos construido.

Si quitamos el ruido, si apartamos el humo, lo que queda son las personas. Las conversaciones que nos transformaron sin darnos cuenta, los gestos cotidianos que sostuvieron los días difíciles y las risas que hicieron más ligeras las jornadas largas.

Nada de lo que hemos construido existiría sin ese tejido invisible de presencia, confianza y humanidad que se crea cuando decidimos estar. Eso es lo que da sentido a venir, a compartir y a seguir caminando en una dirección común.

Por todo ello, quería daros las gracias.
Gracias por detener la rueda, por accionar el freno por un instante y por elegir estar hoy aquí.
Gracias por la energía que aportáis cada día.
Gracias por seguir formando parte de esta historia compartida y por recordarnos, hoy y siempre, que lo más valioso de este camino no es el destino, sino las personas con las que lo recorremos.

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